La persona

Este es el retrato humano que escribí para el prólogo de su libro “Un saludo, amigos, les habla Paco Ortiz”, publicado por Ibercaja en 1998, el año que oficialmente dejó la radio tras su jubilación. Lo que entonces pensaba de él tiene ahora la misma vigencia que entonces, aunque estuviese escrito desde otra perspectiva y sin la tristeza que produce saber que su futuro, como su mundo, terminó con él.

“Paco Ortiz es un nombre solitario, esquivo y que da muy pocas concesiones a quienes le rodean. SU carácter es muy distinto al que manifiesta en publico, extrovertido y cordial, seguramente por la timidez que jamás abandona a los grandes comunicadores.

Paco OrtizYa desde muy pequeño notaba que mi padre era peculiar, diferente al de los otros niños. No estaba con nosotros los fines de semana y se iba de viaje a otros países, desde donde le escuchábamos en un hermoso aparato de radio que a mí me parecia mágico. Pero junto a la sensación de ausencia era tremendamente gratificante recibir a su vuelta enormes bolsas de caramelos y chocolatinas que compraba con las monedas sobrantes en los aeropuertos. Siempre que podía nos sorprendía con regalos nunca vistos aquí y se apresuraba a comprar un juguete en la tienda de abajo cuando su destino le llevaba a un país del Este, donde era imposible traer nada.

Antes, de recién casado, cuando el fútbol era simplemente un proyecto, el «Quinto programa» le lanzó a la fama de madrugada. Y a su vuelta, bañado de estrellas y con la impresión de haber acompañado con su voz y con música a miles de personas en toda Europa, debía cargar conmigo y dormirme en sus brazos sentado en la butaca de madera de un tranvía mientras se le caían los párpados a pedazos.

Le enviaban postales de lugares inverosímiles que guardábamos en un armario del comedor. Ayudaba a comunicarse a familias separadas por la emigración leyendo sus cartas en antena, recitaba poesías enamorando a mujeres de lodas las edades con su voz cálida y juvenil.

Yo nunca le vi en los antiguos estudios del Pasaje Palafox presentar esos maravillosos concursos cara al público que paralizaban la ciudad. Ni llegué a escuchar los programas musicales que ponía en antena con devoradora pasión de triunfo, pero he repasado carpetas llenas de guiones de ensueño, que me ensenaba con orgullo en los comienzos de su carrera. Era capaz -y de eso sí que he sido testigo- de trabajar en dos estudios distintos y grabar diferentes programas al mismo tiempo.

Sicmpre he admirado de Paco Orliz su perfecta dicción, su sonora voz y la claridad de su pronunciación. Casi tanto como la gran memoria que todavía conserva, y su capacidad de improvisación, rayana en la genialidad retransmiendo todo tipo de actros: ofrendas de flores, manifestaciones regionalistas o pregones de fiestas.

Su espectacular forma de cantar los goles le dio gran popularidad con «Los Magníficos» de los que era contemporáneo y amigo. No en vano viajaban muy pocos periodistas a los desplazamientos europeos del Real Zaragoza y el ambiente que rodeaba al club no tenía nada que ver con el de ahora. Los trayectos eran largos, no existía la competencia que se vive actualmente y conseguir una conferencia telefónica era cuestión de horas esperando al lado de la centralita del hotel con ilimitada paciencia. Las cabinas de transmisión estaban peor situadas, la numeración de los futbolistas era menos clara, no se solía viajar con un comentarista de apoyo y la técnica de la narración favorecía una gran dosis de imaginación frente al relato puro y duro del encuentro.

Todo esto viene a cuento de por qué Paco Ortiz alargaba«sus goles» más que ningún otro locutor; sencillamente era para conocer y dar el nombre sin equivocaciones del autor del tanto, que era el lance más importante del encuentro. De la exclamación espontánea supo crear un estilo propio, imitado después hasta convertirlo en una necesidad dramática por el resto de profesionales que, con mejor o peor acierto, se sumaron a la línea marcada por él.

Medio siglo de radio es mucho y muy difícil de concretar en unos cientos de páginas, porque no se puede capturar una existencia tan llena de vivencias y repartirlas en capítulos encerrados en unas tapas que son incapaces de mantener callada su voz. Su historia -que es la de la radiodifusión en Aragón- brota a borbotones y a veces puede parecer incontenible, tan intensa que llene hasta hartar. Es también la realidad de un hombre que prefirió una vida normal a la vorágine de Madrid, negado a aceptar según qué cosas por el éxito y convencido de que una retirada a tiempo es un victoria. Más artista que industrial, nunca le ha gustado que le manden pero tampoco organizar un equipo de trabajo.

Siempre ha caminado a su aire, por libre, marcando su territorio hasta hacerlo impenetrable. Es un navegante solitario que se precia de haber surcado los siete mares y que prefiere las telas del velamen al motor de gasoil, o el sextante al radar.

Sentimental y a veces romántico, es distante y rudo ante sus más próximos para evitar ofrecer una imagen de debilidad, aunque para el resto del mundo sea amable y dicharachero, el mantenedor ideal de una fiesta. De ahí su eterna lucha entre lo superficial y lo profundo, la dificultad de ajustar dos actitudes ante el mundo tan distintas y hacer coincidir lo privado y lo público en el día a día.

Pero todas esas dudas le han valido para canalizar sus emociones en la comunicación íntima con los oyentes, en crear ilusión y darle color con la palabra a trocitos grises de vida a mucha gente durante décadas.

Todo esto es lan importante que no debe ser pasado por alto cuando se cumplen cincuenta años de su primer encuentro con la radio. El niño trémulo al que se le escapaba el corazón del pecho al conocer de cerca unos estudios, es ya un sabio al que le pesa la edad pero que sigue emocionándose en el momento en que su voz sale a antena.

Su amor, por encima de todas las cosas y personas, ha sido su vocación, que convirtió en profesión por absoluta convicción. Y aunque la radio le haya podido ser infiel o hasta desleal, quien más ama es quien más siente y en este aspecto su corazón ha podido más que su razón.

A veces mi padre echa de menos la tensión de los viajes internacionales o la ansiedad que sentía segundos antes de irrumpir en un escenario. No es fácil olvidar el clímax dramático de una serie radiofónica, la emoción de radiar una ofrenda de flores en la plaza del Pilar, o cantar un gol del Real Zaragoza junto a miles de aficionados en La Romareda. Es como recordar un gran amor de juventud con la sonrisa en los labios y los ojos humedecidos sin llegar a derramar una lágrima. No duele, pero agita el alma, te hace más sensible mientras derrochas generosamente unos segundos de tu presente.

La vida de Paco Ortiz ha sido sencilla, más de lo que puede imaginarse la gente. Pero él tiene lo que muchos catedráticos, abogados, financieros o industriales jamás podrán tocar con las manos: la capacidad de hacerse entender con su voz, compartir la intimidad del oyente junto a miles de ellos. Como esa cualidad no tiene precio jamás la ha cobrado; quizá la haya repartido entre los más cercanos, o incluso derrochado ante el público anónimo.

Dicen que las palabras se las lleva el viento pero yo opino que no se pierden en el espacio y sirven para acercar a las personas. Hablar es una cualidad exclusiva del hombre que le hace parecerse a Dios. Por eso comunicarse a través de la radio es un pequeño milagro diario de cuya importancia apenas nos damos cuenta.

Y este milagro lo ha vivido Paco Ortiz, día tras día, durante medio siglo”.

Paco Ortiz leyó este texto, le gustó y lo incorporó a su libro. Me parece leal que ahora figure como su "otra biografía", el rostro que se asoma detrás del sonido de su voz. 

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